Las diez muertes de Francisco Franco: cuando el Caudillo abandonó El Pardo para cazar a un monstruo en la isla de las sombras

Las diez muertes de Francisco Franco: cuando el Caudillo abandonó El Pardo para cazar a un monstruo en la isla de las sombras

 La obra sitúa al lector ante una paradoja moral: la búsqueda de un asesino de niñas dirigida por la mano que firma las sentencias de muerte del régimen

Martín Garrido Barón representa una voz propia y singular en la narrativa y el cine contemporáneo. Con una carrera consolidada en la dirección de largometrajes y la escritura de guiones, utiliza el género negro como una herramienta de precisión para diseccionar la herencia del poder. Su mirada se aleja de la cronología de la generación de los años cincuenta para situarse en una perspectiva actual, centrada en la crudeza de la condición humana y los ángulos muertos de la historia de España. En esta obra, el autor demuestra una capacidad técnica para hibridar la realidad documental con una trama criminal de alta tensión.

Aquel verano de 1960, Mallorca prometía ser el escenario de la postal perfecta para el naciente turismo europeo, con sus calas de aguas quietas y esa luz que parece detener el tiempo. Sin embargo, bajo la superficie de la «isla dorada» que celebraba el Movimiento Nacional, se gestaba una realidad muy alejada de los folletos oficiales. Martín Garrido Barón, un autor que conoce bien las costuras del cine y la narrativa de género, nos entrega en Las diez muertes de Francisco Franco una propuesta que desafía las convenciones del relato histórico para sumergirnos en una trama de persecución y sombras. El hallazgo del cuerpo de una niña en una barca de El Molinar actúa como el detonante de una historia donde la crueldad no es un accidente, tiene un método y una intención estética perturbadora.

Francisco Franco, detective

La premisa sitúa a Francisco Franco, el hombre que regía los destinos de España con frialdad administrativa, en el centro de una investigación policial. Bajo el pseudónimo de inspector Andrade, el dictador se traslada a Mallorca para dirigir de forma clandestina las pesquisas sobre una serie de crímenes que parecen sacudir sus propios cimientos. Esta elección narrativa permite al autor diseccionar la figura del poder absoluto desde una perspectiva insólita, alejándole de los despachos de El Pardo para enfrentarlo a la suciedad de las calles y a la mirada de quienes lo temen o lo desprecian en silencio.

La novela construye una atmósfera densa, donde el calor estival se vuelve pegajoso y la desconfianza flota en cada comisaría. El contrapunto al personaje de Franco es el inspector Ángel Roca, un hombre marcado por un pasado republicano que debe sobrevivir en un sistema que lo vigila. La relación entre ambos es uno de los motores del libro. Roca encarna la integridad herida, mientras que Franco, en su papel de Andrade, representa la autoridad que no rinde cuentas. En este escenario, la geografía de Mallorca se transforma en un laberinto de intereses cruzados. Aparecen figuras históricas como el influyente Joan March o el antiguo nazi Otto Skorzeny, refugiado en la isla, creando un ecosistema donde el crimen común y la alta política comparten el mismo aire viciado.

El estilo de Garrido Barón es directo y seco, heredero de la mejor tradición del género negro. En lugar de recrearse en adjetivaciones innecesarias, prefiere que los hechos hablen por sí solos. La descripción de Franco firmando penas de muerte con su lápiz Faber —la «E» roja para ejecuciones y la «C» azul para conmutaciones— muestra la banalidad del mal de una forma efectiva. El fragmento donde se relata que el dictador aprobaba el «Garrote y Prensa» mientras desayunaba chocolate con picatostes resulta revelador sobre la psicología de un personaje que habitaba una soledad imperial. Esa misma frialdad es la que el autor utiliza para retratar al asesino, Jaume Sanguino, quien utiliza los cuerpos de sus víctimas para completar una obra artística heredada de su padre. El crimen se convierte aquí en un mensaje cifrado, en una macabra forma de comunicación.

Esta obra se sitúa con comodidad en esa corriente de la literatura contemporánea que revisita la posguerra española sin los filtros de la nostalgia ni los excesos del panfleto. Recuerda en su crudeza a ciertos pasajes de la narrativa de Camilo José Cela, pero con una estructura de thriller moderno que mantiene la atención del lector en cada capítulo. La reconstrucción histórica es minuciosa, no se limita a los grandes eventos, se detiene en los detalles de la vida cotidiana: el ruido de los Seiscientos, el humo de los cigarrillos en las tabernas y la hipocresía de una sociedad que prefería mirar hacia otro lado mientras los fantasmas de la guerra seguían vivos. Garrido Barón utiliza el género policíaco como un escalpelo para abrir la piel de una época y mostrarnos lo que había debajo.

Humanizar y desmitificar

El valor fundamental de este libro reside en su capacidad para humanizar y, al mismo tiempo, desmitificar a sus protagonistas. Franco no aparece como una caricatura, es un hombre consciente de su propia decadencia, atrapado en rutinas que lo aburren y enfrentado a una amenaza que no puede solucionar con un bando militar. El lector encontrará una reflexión profunda sobre la relación entre la psicopatía individual y la brutalidad institucional. ¿Dónde termina el crimen de un asesino en serie y dónde empieza la violencia de un Estado? La novela plantea estas preguntas sin ofrecer respuestas fáciles, dejando que la tensión entre Roca y Andrade sea la que guíe las conclusiones. Es un libro que atraerá a los amantes de la historia y a quienes buscan una trama policial sólida y bien ejecutada.

Las diez muertes de Francisco Franco es una pieza singular dentro del panorama editorial actual. Editorial Berenice apuesta por una narración que, a pesar de sus más de quinientas páginas, posee un ritmo constante. El desenlace vincula de forma inteligente los traumas de un pasado que se niega a morir con un futuro que ya se adivinaba incierto en aquel agosto de 1960. El autor demuestra que la ficción es, a menudo, el mejor camino para acercarse a la verdad de un tiempo oscuro. Al cerrar el volumen, queda la sensación de haber recorrido una Mallorca que ya no existe, pero cuyas sombras todavía se proyectan sobre nuestro presente. Es una invitación a mirar de frente a los monstruos, tanto a los que actúan en la oscuridad como a los que ostentan el mando a plena luz del día.

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